Se lo imploró en el nombre de Cristo. Cuando el padre Sergio le aseguró que solo Dios podía curar a los enfermos, ella respondió que solo quería que él le pusiera las manos encima al muchacho y rezara por él. El padre Sergio se negó y regresó a su celda. Pero al día siguiente (era otoño y las noches ya eran frías), al salir por agua, vio a la misma madre con su hijo, un muchacho pálido de catorce años, y se encontró con la misma súplica.
Recordaba la parábola del juez inicuo, y aunque antes se había sentido seguro de que debía negarse, ahora comenzó a dudar y, habiendo dudado, se puso a orar y oró hasta que una decisión se formó en su alma.
Esta decisión fue que debía acceder a la petición de la mujer y que la fe de ella podría salvar a su hijo. En cuanto a él, en este caso no sería sino un instrumento insignificante elegido por Dios.
Y saliendo hacia la madre, hizo lo que ella le pidió: le impuso la mano al muchacho sobre la cabeza y oró.
La madre se marchó con su hijo, y un mes después el muchacho se recuperó, y la fama del sagrado poder curativo del starets Sergio (como lo llamaban ahora) se extendió por toda la comarca.
Después de aquello, no pasó una semana sin que vinieran enfermos, a caballo o a pie, a ver al padre Sergio; y habiendo accedido a una súplica, no pudo rechazar las demás, y puso sus manos sobre muchos y rezó.
Muchos se recuperaron, y su fama se extendió cada vez más.
Así pasaron siete años en el Monasterio y trece en su celda de ermitaño. Tenía ya el aspecto de un anciano: su barba era larga y gris, pero su cabello, aunque ralo, seguía siendo negro y rizado.