“No puedo soportar salir con Polikéy —debió de pensar Tambor—. ¡Una sola vez en toda su vida me ha dado de comer y de beber a su debido tiempo, y solo para engañarme de una forma tan desagradable! ¡Cuánto me costó correr a casa! ¡Estoy cansado y apenas alcanzamos a oler nuestro propio heno, cuando ya se pone a conducirme de regreso!”.
—¡Bien, vieja penca del diablo! —gritó Polikéy entre lágrimas, poniéndose de pie en el carro, tirando de la boca de Tambor y azotándolo con el látigo.