—¡Mis propias amigas, qué podría regalarles! —exclamó Alyósha, abrazando a la anciana.
Una mujer que vendía comestibles estaba de pie entre la multitud. Alyósha la advirtió, le arrebató la bandeja y vació su contenido en el carro.
—¡Yo pagaré, no temas, pedazo de sinvergüenza! —aulló con lágrimas en los ojos, sacando un monedero del bolsillo y arrojándoselo a Mishka. Se quedó de pie, apoyando los codos en el carro y mirando con ojos llorosos a los que iban dentro.
—¿Cuál es la madre... tú? —preguntó—. Te haré una ofrenda a ti también.
Se quedó pensando un momento, luego metió la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo nuevo doblado, se quitó apresuradamente una toalla que llevaba atada a la cintura bajo la capa, y también una bufanda roja que llevaba al cuello; y, arrugándolo todo junto, se lo empujó en el regazo a la vieja.
—¡Ahí lo tienes! Te los estoy sacrificando —dijo con una voz cada vez más tenue.
—¿Para qué?… ¡Muchas gracias, hijito! ¡Mira qué muchacho tan sencillo es! —dijo la anciana, dirigiéndose a Dútlof, que se había acercado a su carro.
Alyósha estaba muy callado, completamente aturdido, y parecía como si se estuviera durmiendo. Dejaba caer la cabeza cada vez más bajo.
“Por ti voy, por ti perezco...”, murmuraba; “por eso te hago regalos”.
“Me atrevo a decir que él también tiene madre”, dijo alguien entre la multitud. “¡Qué muchacho tan simple! ¡Es terrible!”