a conocimientos. Quería y necesitaba el amor de ellos, pero no sentía ninguno hacia ellos. Ahora ya no tenía ni amor, ni humildad, ni pureza.
Le alegró saber que la hija del mercader tenía veintidós años, y se preguntó si sería agraciada. Cuando preguntó si era débil, en realidad quería saber si tenía encanto femenino.
—¿Habré caído tan bajo? —pensó—. ¡Señor, ayúdame! ¡Restaurame, Señor y Dios mío! —Y juntó las manos y comenzó a rezar.
Los ruiseñores rompieron a cantar, un abejorro chocó contra él y le trepó por la nuca. Él se lo quitó de encima.
«¿Pero existe Él? ¿Y si estoy llamando a una puerta echada desde fuera? El cerrojo está en la puerta a la vista de todos. La naturaleza —los ruiseñores y los abejorros— es ese cerrojo. Tal vez el joven tenía razón».
Y empezó a rezar en voz alta. Rezó durante mucho tiempo hasta que estos pensamientos se desvanecieron y volvió a sentirse tranquilo y seguro. Tocó la campanilla y le dijo al asistente que avisara al mercader de que ya podía traerle a su hija.