“Así eran nuestras relaciones cuando aquel hombre apareció. Llegó a Moscú —se llama Trujachevski— y se presentó en mi casa. Era por la mañana. Lo recibí.
Habíamos tenido cierta confianza en el pasado y él intentó mantener un tono familiar empleando expresiones ambiguas, pero yo adopté sin titubeos un tono convencional al que él se sometió de inmediato. Me cayó mal desde el primer vistazo. Y, sin embargo, cosa curiosa, una fuerza extraña y fatal me impulsó a no rechazarlo, a no alejarlo, sino al contrario, a invitarlo a casa.
A fin de cuentas, ¿qué habría sido más sencillo que hablar con él fríamente y despedirme sin presentarlo a mi mujer? Pero no, como a propósito, empecé a hablar de que él tocaba, y le dije que me habían dicho que había dejado el violín. Él respondió que, al contrario, ahora tocaba más que nunca. Aludió al hecho de que hubo un tiempo en que yo mismo tocaba. Dije que lo había dejado, pero que mi mujer tocaba bien.
Es asombroso que desde el primer día, desde la primera hora de mi encuentro con él, mis relaciones con él fueran exactamente las que habrían sido solo después de todo lo que ocurrió más tarde. Había algo forzado en ellas: yo reparaba en cada palabra, en cada expresión que él o yo usábamos, y les atribuía importancia.
“I introduced him to my wife. The conversation immediately turned to music, and he offered to be of use to her by playing with her. My wife was, as usual of late, very elegant, attractive, and disquietingly beautiful. He evidently pleased her at first sight. Besides she was glad that she would have someone to accompany her on a violin, which she was so