sin volverse a poner la gorra y haciendo una reverencia con su cabeza calva.
Se regocijó particularmente con este encuentro, porque había desatendido la opinión de los hombres y había hecho lo más simple y fácil: aceptar humildemente veinte kopeks y dárselos a su compañero, un mendigo ciego. Cuanta menos importancia concedía a la opinión de los hombres, más sentía la presencia de Dios en su interior.
Durante ocho meses, Kasátsky deambuló de este modo, y al noveno mes fue detenido por no tener pasaporte. Esto ocurrió en un albergue nocturno de una ciudad de provincia donde había pasado la noche con unos peregrinos.
Fue llevado a la comisaría y, al preguntarle quién era y dónde estaba su pasaporte, respondió que no tenía pasaporte y que era un siervo de Dios. Fue catalogado como vagabundo, condenado y enviado a vivir a Siberia.