El viaje a Petersburgo, una semana en Moscú, las visitas a mis propios parientes y a los de mi esposo, la instalación en nuestra nueva vivienda, los desplazamientos, las nuevas ciudades y los nuevos rostros: todo aquello pasó ante mí como en un sueño. Todo era tan nuevo, diverso y encantador, estaba tan cálida y brillantemente iluminado por su presencia y su amor, que nuestra apacible vida en el campo se me antoja algo muy lejano e insignificante. Yo esperaba encontrar a la gente de la alta sociedad orgullosa y fría; pero, para mi gran sorpresa, en todas partes fui recibida con fingida cordialidad y agrado, no solo por parte de mis parientes, sino también de los desconocidos. Me parecía ser el único objeto de sus pensamientos y mi llegada, lo único que necesitaban para colmar su felicidad. También me sorprendió descubrir en lo que a mí me parecía la crema de la sociedad a un buen número de personas que conocían a mi esposo, aunque él nunca me hubiera hablado de ellas; y a menudo me resultaba extraño y desagradable oírle hablar ahora con desaprobación de algunas de estas personas que a mí me parecían tan amables. No lograba entender su frialdad hacia ellas ni sus intentos por evitar muchas amistades que a mí me resultaban halagadoras. A fin de cuentas, cuanta más gente amable se conoce, mejor; y aquí todo el mundo era amable.
—Así es como debemos arreglárnoslas, ya ve —me dijo antes de que dejáramos el campo—; aquí somos unos pequeños Creso, pero en la ciudad no seremos nada ricos. Así que no debemos quedarnos después de Pascuas, ni salir en sociedad, o nos meteremos en apuros. Por tu bien tampoco lo desearía.
“¿Por qué habríamos de ir a sociedad?”, pregunté; “echaremos un vistazo a los teatros, veremos a nuestros parientes, iremos a la ópera, escucharemos buena música y estaremos listos para volver a casa antes de Pascua”.