Y ahora, a medida que pasaba el tiempo, se le ocurrió a un hombre que veía el mísero estado en el que había caído el prado, y que encontró entre las prescripciones olvidadas del amo la regla de no segar la mala hierba, sino arrancarla de raíz —se le ocurrió al hombre, digo, recordar a los inquilinos del prado que estaban actuando con insensatez, y que su insensatez había sido señalada hacía mucho tiempo por el bondadoso y sabio amo.
¡Pero qué os parece! En lugar de dar crédito a la exactitud de los recuerdos de este hombre y, en caso de resultar fiables, dejar de segar la mala hierba, y en caso de que estuviera equivocado, demostrarle la incorrección de sus recuerdos, o tildar las recomendaciones del buen y sabio amo de impracticables y no obligatorias para ellos, los inquilinos del prado no hicieron nada de eso; sino que pusieron en tela de juicio los recuerdos de este hombre y comenzaron a insultarlo.
Unos lo llamaban tonto engreído que se imaginaba que era el único en entender las normas del amo; otros lo llamaban falso intérprete malicioso y calumniador; otros todavía, olvidando que no les estaba dando sus propias opiniones, sino que solo les recordaba las prescripciones del sabio amo a quien todos veneraban, lo llamaban hombre peligroso porque deseaba arrancar la mala hierba y privarles de su prado.
—Dice que no debemos segar el prado —decían, suprimiendo a propósito el hecho de que el hombre no decía que no fuera necesario destruir la mala hierba, sino que decía que debían arrancarla de raíz en lugar de segarla—, pero si no destruimos la mala hierba, entonces se extenderá y arruinará por completo nuestro prado. ¿Y para qué se nos concedió el prado si hemos de cultivar la mala hierba en él?
Y la impresión general de que aquel hombre era un necio, un falso intérprete o tenía el propósito de perjudicar al pueblo se arraigó tan profundamente que todos le lanzaban reproches y burlas.