Ahora, todo ese tipo de cosas se había alejado de él. Su vida se volvió apacible y alegre. Se sentaba a trabajar por la mañana y, cuando había terminado su jornada laboral, bajaba la lámpara de la pared, la ponía sobre la mesa, sacaba su libro de la balda, lo abría y se sentaba a leer. Cuanto más leía, mejor comprendía, y más claro y feliz se sentía en su interior.
Sucedió una vez que Martín se quedó hasta tarde, absorto en su libro. Estaba leyendo el Evangelio de San Lucas; y en el capítulo sexto se encontró con los versículos:
“Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
Y como queráis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”
También leyó los versículos donde nuestro Señor dice:
¿Y por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?
Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os mostraré a quién es semejante:
- Es semejante al hombre que al edificar una casa, cavó hondo y puso el cimiento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.
- Mas el que oyó y no hizo, es semejante al hombre que edificó su casa sobre la tierra, sin cimiento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.