Recuerdo cómo mi esposa se sentó al piano con una indiferencia fingida, bajo la cual advertí que intentaba ocultar una gran timidez —principalmente ante su propia capacidad— y entonces comenzó la habitual nota la en el piano, el pizzicato del violín y la colocación de las partituras. Luego recuerdo cómo se miraron el uno al otro, se volvieron para mirar al público que iba tomando asiento, se dijeron algo y empezaron. Él dio los primeros acordes. Su rostro se volvió serio, severo y comprensivo y, escuchando los sonidos que producía, rozó las cuerdas con dedos cuidadosos. El piano le respondió. La música comenzó. …”
Pózdnyshev se detuvo y emitió su extraña serie de sonidos varias veces seguidas. Trató de hablar, pero soltó un leve jadeo por la nariz y se detuvo.
—Tocaron la Sonata a Kreutzer de Beethoven —continuó—. ¿Conoce el primer presto? ¿Lo conoce? —exclamó—. ¡Uf! ¡Uf! Es algo terrible, esa sonata. ¡Y especialmente esa parte! ¡Y en general la música es algo espantoso! ¿Qué es? No la entiendo. ¿Qué es la música? ¿Qué hace? ¿Y por qué hace lo que hace? Dicen que la música exalta el alma. ¡Tonterías, no es verdad! Produce un efecto, un efecto horrible —hablo por mí—, pero no de carácter exaltador. No tiene un efecto ni exaltador ni denigrante, sino que produce agitación. ¿Cómo podría expresarlo? La música me hace olvidarme de mí mismo, de mi verdadera posición; me transporta a alguna otra posición que no es la mía. Bajo la influencia de la música me parece que siento lo que en realidad no siento, que comprendo lo que no comprendo, que puedo hacer lo que no puedo hacer. Lo explico por el hecho de que la música actúa como el bostezo, como la risa: no tengo sueño, pero bostezo cuando veo bostezar a alguien; no hay nada de qué reírme, pero río cuando oigo reír a la gente.
“La música me transporta inmediata y directamente al estado mental en que se hallaba el hombre que la compuso. Mi alma se funde con la suya y,