En el vado, el agua subió hasta alcanzar siete pies de altura, y la corriente era tan fuerte que hacía rodar las piedras. Los arroyuelos corrían por todas partes, y el estruendo en los cerros no cesaba. Cuando pasó la tormenta, el agua corría en torrentes por la calle del pueblo. Zhílin le pidió prestado un cuchillo a su amo, y con él talló un pequeño cilindro y, cortando unas maderitas, hizo una rueda a la que fijó dos muñecos, uno a cada lado. Las niñas le llevaron unos retazos de tela, y él vistió a los muñecos, uno de campesino y el otro de campesina. Luego los sujetó en sus sitios y colocó la rueda de modo que la corriente la hiciera funcionar. La rueda empezó a girar y los muñecos bailaron.
Todo el pueblo se congregó alrededor. Chicos y chicas, tártaros y tártaras, todos acudieron y chasquearon la lengua.
“¡Ah, Russ! ¡Ah, Iván!”
Abdul tenía un reloj ruso que estaba roto. Llamó a Zhílin y se lo enseñó, chasqueando la lengua.
—Dámelo, te lo arreglaré —dijo Zhílin.
Lo redujo a piezas con el cuchillo, separó las piezas y las volvió a armar, de modo que el reloj funcionó bien.
El amo quedó encantado y le regaló una de sus viejas túnicas que estaba llena de agujeros. Zhílin tuvo que aceptarla. Al menos podría usarla como colcha por la noche.
Después de aquello, la fama de Zhílin se extendió; y los tártaros venían de aldeas lejanas, trayéndole ya la llave de una escopeta o de una pistola, ya un reloj, para que lo arreglara. Su amo le dio algunas herramientas: tenazas, barrenas y una lima.