y cinco rublos. La discusión fue violenta y desagradable, a tal punto que Praskovia Fiódorovna lo llamó: «Estúpido, imbécil». Y él se agarró la cabeza y, en un arrebato de ira, hizo alusión al divorcio. Pero la fiesta en sí estuvo entretenida. Asistió lo mejor de la sociedad e Iván Ilich bailó con la princesa Trufónova, la hermana de la tan conocida en relación con la asociación benéfica llamada «Sobrellevad mis cargas». Sus placeres profesionales residían en la satisfacción de su orgullo; sus placeres sociales, en la satisfacción de su vanidad. Pero el placer más genuino de Iván Ilich era el del vint, el juego ruso equivalente al póker. Él se reconocía a sí mismo que, a fin de cuentas, después de cualesquiera incidentes desagradables que hubiera habido en su vida, el placer que ardía como una vela por encima de todos los demás era sentarse a jugar al vint con buenos jugadores, y no con compañeros ruidosos; y, por supuesto, una partida a cuatro (jugar a cinco nunca salía bien, por mucho que uno finja que le gusta especialmente), y con buenas manos, jugar una partida astuta y seria, para luego cenar y tomar una copa de vino. Y después del vint, especialmente tras ganar una pequeña cantidad (ganar grandes sumas resultaba desagradable), Iván Ilich se iba a la cama con un estado de ánimo particularmente feliz.
Así vivían. Se movían en el círculo más selecto, y los visitaban personas de importancia y gente joven.
En sus juicios sobre su círculo de conocidos, el marido, la mujer y la hija estaban en perfecta armonía; y sin que mediara acuerdo expreso alguno sobre el tema, todos procedían del mismo modo al abandonar y sacudirse de encima a varios amigos y parientes, personas desaliñadas que irrumpían en su salón, con platos japoneses en las paredes, y les imponían su amabilidad. Pronto estas personas desaliñadas dejaron de revolotear a su alrededor, y en casa de los Golovín solo se dejaba ver lo más selecto de la alta sociedad. Los jóvenes empezaron a prestar atención a Lizanka; y Petríshchev, el hijo