desesperación; sino que nosotros somos protegidos, así como alimentados y sostenidos, por esa misma fuerza básica de la nación rusa: el campesinado.
¡Sí! De no ser porque entre la inmensa población campesina de Rusia existe una profunda conciencia religiosa de la hermandad de todos los hombres, no solo estas personas sin hogar, habiendo llegado a las últimas etapas de la desesperación, habrían destruido desde hace mucho tiempo las casas de los ricos, a pesar de cualquier fuerza policial (las hay y por fuerza debe haber muy pocas en las zonas rurales), sino que habrían matado incluso a todos los que se interpusieran en su camino.
De modo que no deberíamos horrorizarnos ni sorprendernos cuando oímos o leemos que se roba a la gente, o que se la mata para robarle, sino que debemos comprender y recordar que, si tales cosas ocurren tan pocas veces como ocurren, se lo debemos a la ayuda desinteresada que los campesinos prestan a esta desafortunada población errante.
Todos los días, de diez a quince personas vienen a nuestra casa a pedir limosna. Entre ellas hay mendigos habituales que, por alguna razón, han elegido ese medio de vida y, habiéndose vestido y calzado lo mejor que han podido y hecho sacos para guardar lo que recogen, se han lanzado a recorrer los caminos del país. Entre ellos, algunos son ciegos, a otros les falta una pierna o un brazo; y a veces, aunque raras vez, hay mujeres y niños entre ellos. Pero estos son solo una pequeña parte. La mayoría de los mendigos que vienen ahora son transeúntes, sin saco de mendigo, en su mayoría jóvenes y no lisiados. Todos se encuentran en un estado de lo más penoso, descalzos, semidesnudos, demacrados y tiritando de frío. Les preguntas: «¿Adónde vais?».