Efím se quedó allí mirando fijamente la pequeña capilla que albergaba el Santo Sepulcro mismo, sobre el cual ardiendo había treinta y seis lámparas.
Mientras estaba de pie mirando por encima de las cabezas de la gente, vio algo que le sorprendió. Justo debajo de las lámparas en las que arde el fuego sagrado, y delante de todos, Efím vio a un anciano con un abrigo gris, cuya cabeza calva y brillante era exactamente igual a la de Elisha Bódrof.
«Se le parece —pensó Efím—, pero no puede ser Eliseo. No ha podido adelantarse. El barco anterior al nuestro salió una semana antes. No pudo alcanzarlo; y en el nuestro no iba, porque vi a todos los peregrinos a bordo».
Apenas había pensado esto Efím, cuando el viejecito comenzó a rezar e hizo tres venias: primero hacia adelante, a Dios, y luego una a cada lado, a los hermanos. Y al girar la cabeza hacia la derecha, Efím lo reconoció. Era el propio Elisha Bódrof, con su barba oscura y rizada encaneciendo en las mejillas, con sus cejas, sus ojos y su nariz, y con su expresión en el rostro. ¡Sí, era él!
Efím se alegró mucho de haber encontrado de nuevo a su compañero, y se preguntaba cómo se las había arreglado Elisha para adelantársele.
—¡Bien hecho, Elisé! —pensó—. Mira cómo se ha abierto paso. Debe de haberse cruzado con alguien que le enseñó el camino. Cuando salgamos, lo buscaré, me deshaceré de este tipo del casquete y me pegaré a Elisé. Quizás él también me enseñe a llegar al frente.