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nydus/Short FictionPublic
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XII

“Debo haber dicho muchas necedades”, pensó.

“Bueno, da lo mismo. Buen vino, pero es un gran cerdo. Hay algo barriobajero en él. Y yo mismo soy un cerdo”, comentó, y se echó a reír en voz alta.

“Bueno, antes mantenía a otros: ahora me toca a mí. Supongo que la muchacha Winkler me ayudará. Le pediré algo de dinero prestado. Puede que él acabe por acceder. Supongo que tendré que desvestirme. No puedo quitarme la bota. ¡Eh, eh!”, gritó; pero el hombre a quien se le había ordenado que lo atendiera hacía ya mucho que se había acostado.

Se incorporó, se quitó el kittel y el chaleco, y como pudo logró salir de los pantalones; pero pasó mucho tiempo antes de que las botas quisieran moverse: con su abultada barriga le costaba mucho agacharse. Se quitó una; forcejeó y forcejeó con la otra, se quedó sin aliento y se dio por vencido. Y así, con una pierna dentro de la bota, se dejó caer y empezó a roncar, llenando toda la habitación con un olor a vino, tabaco y ruin vejez.

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