(estaba atormentado especialmente por la sed y el calor)—, se regocijaba con su alegría.
Hacia la tarde del segundo día, algo comenzó a divisarse a lo distancia, a través de la bruma. Era Sarátof y el Vólga. El cosaco, cuyos ojos estaban acostumbrados a las estepas, pudo ver el Vólga y un mástil, y se los señaló a Ludwíka —quien dijo que también los veía—; pero Albína no lograba ver nada, y solo repetía en voz alta, para que su esposo la oyera: «Sarátof … Vólga …», como si le hablara a Trezórka; y así le informaba a su esposo de todo lo que veía.