—Coma algo, padre —dijo el asistente.
—Está bien, tráeme algo.
El ayudante se dirigió a una choza que había sido dispuesta a unos diez pasos de la cueva, y el padre Sergio se quedó solo.
Había quedado muy atrás el tiempo en que vivía solo haciéndolo todo por sí mismo y comiendo solo pan de centeno o bollos preparados para la Iglesia. Le habían aconsejado hacía mucho que no tenía derecho a descuidar su salud, y le daban comida sana, aunque de Cuaresma.
Comía con moderación, aunque mucho más que antes, y a menudo comía con gran placer, y no como antiguamente con aversión y un sentimiento de culpa. Así fue esta vez.
Tomó unas gachas, bebió una taza de té y se comió medio bollo blanco.
El criado se marchó, y el padre Sergio se quedó solo bajo el olmo.
Era una hermosa tarde de mayo, cuando los abedules, álamos, olmos, cerezos silvestres y robles acababan de brotar.
El arbusto de cerezos silvestres detrás del olmo estaba en plena floración y aún no había empezado a deshojarse, y los ruiseñores —uno muy cerca y otros dos o tres en los matorrales junto al río— rompieron a cantar a pleno pulmón tras unos chirridos preliminares. Del río llegaban los cantos lejanos de los campesinos que regresaban, sin duda, de su trabajo. El sol se ponía tras el bosque, y sus últimos rayos brillaban a través de las hojas. Todo ese lado era de un verde brillante; el otro lado, con el olmo, estaba oscuro. Los abejorros volaban torpemente y caían al suelo cuando chocaban con algo.