mismo, por una coincidencia de circunstancias familiares, morales y económicas. En lo que a ellos respectaba, no cabía la menor duda ni discusión, ni por parte de la terrateniente, ni de la comuna, ni de la opinión pública. Pero quién había de ser el tercero era un punto debatible. El administrador estaba ansioso por defender a los Doútlof (en cuya familia había tres hombres en edad de ser reclutados) y enviar a Polikoúshka, un siervo doméstico casado y de muy mala reputación, a quien habían cogido más de una vez robando sacos, bridas y heno; pero la terrateniente, que a menudo acariciaba a los hijos harapientos de Polikoúshka y mejoraba su moral con exhortaciones de la Biblia, no deseaba enviarlo. Tampoco deseaba perjudicar a los Doútlof, a quienes no conocía y ni siquiera había visto nunca. Pero, de algún modo, parecía ser incapaz de comprender el hecho, y el administrador no se decidía a decirle sin rodeos que, si Polikoúshka no iba, tendría que ir uno de los Doútlof.
“¡Pero si no les deseo ningún mal a los Doútlof!”, dijo con sentimiento.
“Si no lo haces, paga tres rublos por un sustituto”, debería haber sido la respuesta del administrador; pero eso habría sido una mala táctica.
De modo que Egór Miháylovitch adoptó una postura cómoda, y hasta se apoyó imperceptiblemente contra el quicio de la puerta, mientras mantenía una expresión servil en el rostro y observaba los movimientos de los labios de la señora y el temblequeo de los volantes de su cofia, y la sombra de estos en la pared bajo un cuadro. Pero no consideró en absoluto necesario prestar atención al significado de sus palabras. La señora habló largo y tendido. Un deseo de bostezar le produjo un calambre detrás de las orejas, pero él transformó hábilmente el espasmo en tos y, llevándose la mano a la boca, soltó un carraspeo.