Cuando un ternero se metía por descuido en la era del vecino, simplemente lo sacaban arreando y solo decían: «No lo dejes entrar otra vez; nuestro grano está allí amontonado». Y cosas tales como cerrar con llave los graneros y cobertizos, esconderse las cosas unos a otros, o andar con murmuraciones, jamás se les pasaban por la cabeza en aquellos tiempos.
Eso fue en el tiempo de los padres. Cuando a los hijos les tocó estar al frente de las familias, todo cambió.
Todo comenzó por una nadería.
La nuera de Iván tenía una gallina que empezó a poner bastante temprano en la temporada, y comenzó a juntar sus huevos para la Pascua. Todos los días iba al cobertizo del carro y encontraba un huevo en el carro; pero un día la gallina, probablemente asustada por los niños, voló por encima de la cerca hacia el patio del vecino y puso su huevo allí.
La mujer escuchó el cacareo, pero se dijo a sí misma: «No tengo tiempo ahora; debo arreglar todo para el domingo. Buscaré el huevo más tarde».
Por la tarde fue al carro, pero no encontró ningún huevo allí. Fue a preguntar a su suegra y a su cuñado si habían tomado el huevo.
—No —no lo habían hecho—; pero su cuñado menor, Tarás, dijo: «Tu Gallina puso su huevo en el patio del vecino. Fue allí donde estuvo cacareando y desde allí voló de regreso por encima de la cerca».
La mujer fue a mirar a la gallina. Allí estaba, en el gallinero con las demás aves, cerrando los ojos dispuesta a dormirse. La mujer deseaba haber podido preguntarle a la gallina y haber obtenido una respuesta de ella.
Luego fue a casa de la vecina, y la madre de Gabriel salió a recibirla.
—¿Qué deseas, joven?