Luego, además, las cartas que recibían de Polonia eran de lo más desalentador. Casi todos sus amigos y parientes más cercanos habían sido desterrados o habían huido al extranjero tras perder todo lo que poseían. Por su parte, los Migoúrski no tenían ninguna perspectiva de mejora en su situación. Todos los intentos de suplicar el indulto, o incluso una amelioración de su suerte, o que a él lo ascendieran a oficial, resultaron en vano. Nicolás I pasaba revista, organizaba desfiles y maniobras; iba a bailes de máscaras y se divertía con los antifaces; se desplazaba sin necesidad por Rusia, de Tchougoúef a Novorossíysk, a Petersburgo y a Moscú, asustando a la gente y agotando caballos; y cuando alguien tenía el valor de dirigirse a él para rogarle que mitigara el destino de algún decembrista exiliado, o de los polacos que sufría por amor a su patria (esa misma cualidad que él tanto ensalzaba), inflaba el pecho, clavaba sus ojos de plomo en cualquier cosa en la que casualmente se posaran y decía: «¡Demasiado pronto! Que sigan sirviendo…», como si él supiera cuál era el momento adecuado y cuándo dejaría de ser demasiado pronto. Y todos a su alrededor —generales, chambelanes y sus esposas, que se ganaban la vida gracias a él— se deshacían en éxtasis ante la extraordinaria penetración y sabiduría de este gran hombre.
En general, sin embargo, había más alegría que dolor en las vidas de los Migoúrski.
Vivieron así durante cinco años. De repente se vieron abrumados por un dolor terrible e inesperado.
- Primero cayó enferma su hijita, y dos días después también el niño.
- Durante tres días este estuvo ardiendo en fiebre, y al cuarto murió, sin asistencia médica (no había ningún médico al alcance).
- Dos días más tarde murió también la niña.
Si Albína no se ahogaba en el río Ural, era únicamente porque no podía pensar sin terror en el estado en que se encontraría su esposo al enterarse