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nydus/Short FictionPublic
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Tercer Fragmento

su vestido bajo la clavícula, y se revisó para ver si estaba abrochado, y luego se llevó las manos a la cabeza para asegurar el nudo del pañuelo, que cubría su cabello grasiento, y adoptó una postura, apoyándose en la horquilla del horno y esperando el saludo de la aseada anciana. Tíkhonovna hizo su última reverencia profunda a Dios, dio media vuelta y saludó en tres direcciones.

—¡Dios os ampare, buen día! —dijo ella.

—¡Bienvenida, tía! —dijo el sastre.

—Gracias, abuelita, ¡quítese la cartera! Siente aquí —dijo el cocinero, señalando un banco donde estaba sentado el hombre de cabello desgreñado—. ¿No puede correrse un poco? ¿Es que está pegado?

El hombre desaliñado, frunciendo el ceño todavía con más enojo, se levantó, se alejó y, sin dejar de masticar, clavó los ojos en la anciana.

El joven cochero hizo una reverencia y, deteniendo su ejecución, comenzó a ajustar las clavijas de su balalaika, mirando ora a la anciana, ora al sastre, sin saber cómo tratar a la anciana —si con respeto, como creía que debía ser tratada, porque la anciana vestía el mismo tipo de atuendo que su abuela y su madre vestían en casa (lo habían sacado del pueblo para ser mayoral), o burlándose de ella, como deseaba hacer y como le parecía acorde con su condición actual, su abrigo azul y sus botas.

El sastre guiñó un ojo y pareció sonreír, llevando la seda hacia un lado de la boca, y observó.

Marína se dispuso a meter otra olla, pero, aun estando ocupada en su trabajo, no dejaba de mirar a la anciana, mientras esta, con presteza y agilidad, se quitaba la faltriquera y, procurando no molestar a nadie, la colocaba bajo el banco. Nástka corrió hacia ella y la ayudó retirando las botas, que le estorbaban debajo del banco.

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