Fiódor no respondió con ningún sonido.
—Tal vez esté muerto. Me levantaré y veré —dijo uno de los conductores que estaba despierto.
Una mano delgada, cubierta de pelos rojizos, colgaba de la estufa; estaba fría y pálida.
“Iré a avisarle al capataz. Está muerto, al parecer”, dijo el cochero.
Fiódor no tenía parientes; había venido de lejanas tierras. Al día siguiente fue enterrado en el nuevo cementerio más allá del bosquecillo, y durante varios días después Nastasia le contó a todo el mundo el sueño que había tenido y cómo había sido ella la primera en descubrir que el tío Fiódor había muerto.