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nydus/Short FictionPublic
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XII

El esfuerzo moral que había hecho para vencer su vergüenza y hablar con Vasíli Nikoláich tranquilizó a Eugenio. Le pareció que el asunto había terminado por completo.

Liza notó enseguida que él estaba muy tranquilo, e incluso más feliz que de costumbre.

«Sin duda se ha disgustado porque nuestras madres se lanzan pullas la una a la otra. En verdad es desagradable, sobre todo para él, que es tan sensible y noble, escuchar siempre insinuaciones tan poco amistosas y groseras», pensó ella.

El día siguiente era domingo de Trinidad. Hacía un día hermoso, y las campesinas, de camino al bosque para trenzar guirnaldas, acudieron, según la costumbre, a la casa del terrateniente y se pusieron a cantar y bailar.

María Pávlovna y Varvára Alexéevna salieron al porche con vestidos elegantes, llevando sombrillas, y se acercaron al corro de cantantes. Con ellas, en una chaqueta de seda china, salió el tío, un libertino fofo y borracho que pasaba aquel verano con Eugenio.

Como de costumbre, había un brillante y multicolor corro de jóvenes y muchachas, el centro de todo, y en torno a ellas, desde distintos lados, como planetas secundarios que se hubieran separado y estuvieran dando vueltas, iban muchachas de la mano, crujiendo con sus nuevos vestidos de percal; mozos risueños que corrían de un lado para otro persiguiéndose; zagales crecidos con chaquetas y gorras azul oscuro o negras y camisas rojas, que escupían incesantemente cáscaras de pipa; y

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