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nydus/Short FictionPublic
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III

—Cúbreme los pies. ¡Así no... qué torpe eres! ¡No! ¡Más, más... así! ¡Pero no hace falta que me los aprietes!

Así que llegaron al bosque donde estaba la celda.

Makóvkina bajó del trineo y les dijo que siguieran adelante. Intentaron disuadirla, pero se puso irritable y les ordenó que continuaran.

Cuando los trineos se hubieron ido, ella subió por el sendero con su abrigo blanco de piel de perro. El abogado bajó y se detuvo a mirarla.

Era el sexto año del padre Sergio como recluso, y ahora tenía cuarenta y nueve años. Su vida en solitario era dura, no a causa de los ayunos y las oraciones (estos no le suponían ninguna dificultad), sino a causa de un conflicto interior que no había previsto en absoluto. Las fuentes de ese conflicto eran dos: las dudas y la concupiscencia de la carne. Y estos dos enemigos aparecían siempre juntos. Le parecía que eran dos adversarios, pero en realidad eran uno y el mismo. Tan pronto como desaparecía la duda, lo hacía también el deseo lujurioso. Mas, creyendo que eran dos demonios distintos, los combatía por separado.

“¡Oh, Dios mío, Dios mío!”, pensó. “¿Por qué no me concedes la fe? Hay concupiscencia, por supuesto: hasta los santos tuvieron que luchar contra eso: san Antonio y otros. Pero ellos tenían fe, mientras que yo tengo momentos, horas y días en que esta bruscamente ausente. ¿Por qué existe todo el mundo, con todas sus delicias, si es pecaminoso y debe ser renunciado? ¿Por qué has creado esta tentación? ¿Tentación? ¿No es más bien una tentación el que yo desee abandonar todos los goces de la tierra y prepararme algo allí donde tal vez no hay nada?”. Y sintió horror y repulsión hacia sí mismo. “¡Vil criatura! ¡Y tú eres quien desea convertirse en santo!”, se reprendió, y comenzó a rezar. Pero tan pronto como empezó a rezar, se vio vívidamente tal como había estado en el monasterio, en una posición majestuosa con birrete y manto, y sacudió la cabeza. “No, eso no está bien. Es un engaño. ¡Puedo engañar a los demás,

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