—Ahí viene alguien corriendo —dijo el ermitaño—, veamos quién es.
El Rey se volvió y vio a un hombre barbudo que salía corriendo del bosque. El hombre llevaba las manos presionadas contra el vientre y la sangre fluía por debajo de ellas. Cuando llegó junto al Rey, cayó desmayado al suelo, soltando un gemido débil.
El Rey y el ermitaño le desabotonaron la ropa al hombre. Tenía una gran herida en el vientre. El Rey la lavó lo mejor que pudo y se la vendó con su pañuelo y con una toalla que tenía el ermitaño. Pero la sangre no dejaba de brotar, y el Rey una y otra vez retiraba el vendaje empapado de sangre caliente, y lavaba y volvía a vendar la herida.
Cuando por fin cesó de fluir la sangre, el hombre volvió en sí y pidió algo de beber. El Rey trajo agua fresca y se la dio. Entre tanto, el sol se había puesto y refrescado. Así que el Rey, con la ayuda del ermitaño, llevó al hombre herido a la choza y lo tendió en la cama.
Tendido en la cama, el hombre cerró los ojos y se quedó tranquilo; pero el Rey estaba tan cansado de la caminata y del trabajo que había hecho, que se acurrucó en el umbral y también se durmió, tan profundamente que durmió durante toda la corta noche de verano.
Cuando se despertó por la mañana, le costó mucho recordar dónde estaba, o quién era aquel extraño hombre barbudo que yacía en la cama y lo miraba fijamente con ojos brillantes.
—¡Perdonadme! —dijo el hombre barbudo con voz débil, cuando vio que el rey estaba despierto y lo miraba.
—No os conozco y no tengo nada que perdonaros —dijo el Rey.
—Tú no me conoces, pero yo sí te conozco. Soy ese enemigo tuyo que juró vengarse de ti, porque ejecutaste a su hermano y confiscaste sus bienes.