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nydus/Short FictionPublic
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Los tres ermitaños

Tan pronto como el obispo hubo llegado a la embarcación y subido a bordo, se levó el ancla y se desplegaron las velas. El viento las hinchó, y el barco se alejó navegando, y el obispo tomó asiento en la popa y contempló la isla que habían dejado atrás. Durante un tiempo aún pudo ver a los ermitaños, pero pronto desaparecieron de la vista, aunque la isla todavía era visible. Al fin ella también se desvaneció, y solo se veía el mar, rizándose bajo la luz de la luna.

Los peregrinos se acostaron a dormir, y todo quedó en silencio en la cubierta. El obispo no quería dormir, sino que se sentó solo en la popa, contemplando el mar donde la isla ya no era visible, y pensando en los buenos ancianos. Pensó en lo felices que habían sido al aprender el Padrenuestro; y dio gracias a Dios por haberlo enviado a enseñar y ayudar a hombres tan piadosos.

Así que el obispo se quedó sentado, pensando y contemplando el mar donde la isla había desaparecido.

Y la luz de la luna parpadeaba ante sus ojos, centelleando, ora aquí, ora allá, sobre las olas.

De repente vio algo blanco y brillante, en el luminoso sendero que la luna arrojaba sobre el mar. ¿Era una gaviota, o la pequeña y reluciente vela de alguna barquichuela? El obispo clavó los ojos en ello, preguntándose qué sería.

«Debe ser un bote que navega tras nosotros —pensó—, pero nos está alcanzando con muchísima rapidez. Estaba muy, muy lejos hace un minuto, pero ahora está mucho más cerca. No puede ser un bote, pues no veo ninguna vela; pero sea lo que sea, nos está siguiendo y nos está dando alcance».

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