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nydus/Short FictionPublic
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XII

El peregrino y las otras dos mujeres oyeron por sí mismos cómo, en cuanto terminaban de leer una porción del Salterio, las vigas de arriba temblaban y alguien se movía. Entonces leían: «Levántese Dios», y todo volvía a quedar en silencio.

La mujer del ebanista invitó a una amiga y, sin dormir en toda la noche, con su ayuda se bebió todo el té que había conseguido para toda la semana.

Ellos también oyeron cómo crujían las vigas arriba y cómo algo parecido a unos costales se desplomaba.

La presencia de los serenos campesinos mantuvo un tanto el ánimo de los siervos domésticos, pues de otro modo estos últimos se habrían muerto de miedo aquella noche.

Los campesinos se acostaron sobre un poco de heno en el zaguán, y más tarde declararon que ellos también habían oído cosas extrañas allá arriba en el desván, aunque en ese momento conversaban muy tranquilamente entre ellos sobre el reclutamiento, masticando cortezas de pan, rascándose y llenando de tal modo el zaguán con el olor peculiar característico de los campesinos que la mujer del ebanista, al pasar por allí casualmente, escupió y los llamó «morralla campesina».

Sea como fuere, el suicida seguía colgando en el desván, y era como si aquella noche el mismo espíritu maligno hubiera ensombrecido el barracón de los siervos con su enorme ala, mostrando su poder y acercándose a aquella gente más que nunca antes. Al menos, todos lo sintieron así. No sé si tenían razón, e incluso creo que estaban muy equivocados. Pienso que si algún hombre osado hubiera tomado una vela o un linternón aquella terrible tarde y, persignándose o incluso sin persignarse, hubiera subido al desván —disipando lentamente con la luz de la vela el horror de la noche ante él, iluminando las vigas, la chimenea cubierta de telarañas, los mantones olvidados por la mujer del carpintero—

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