Polikéi iba dando vueltas, con los brazos ligeramente oscilantes y los pies arrastrándose por el suelo.
“Agárrenlo y bájenlo”.
—¿Cortamos la soga, su Señoría? —preguntó Egór Miháylovitch—. ¡Muchachos, dennos un hacha!
A los serenos y a Doútlof hubo que decirselo dos veces antes de que se pusieran a la tarea; pero el muchacho trató a Polikéy como habría tratado el cadáver de una oveja. Al fin se cortó la soga, y el cadáver fue bajado y cubierto. El agente de policía observó que el médico vendría al día siguiente y despidió a la gente.