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nydus/Short FictionPublic
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III

insolente se le ocurre acercarse demasiado a ellas, basta con un simple movimiento de oreja o de cola para mostrarle toda la incorrección de su comportamiento.

Los potrillos de un año y las jovencitas simulan ser adultos y dignos, y rara vez se entregan a travesuras ni se unen a sus alegres compañeros.

Mascan ceremoniosamente las briznas de hierba, doblando sus cuellos cortos y de cisne y, como si también tuvieran la gracia de una cola, agitan sus pequeños pinceles.

Al igual que los caballos grandes, algunos de ellos se echan, se revuelcan y se rascan la espalda mutuamente.

Una banda muy alegre está compuesta por las yeguas de dos y tres años que nunca han parido. Casi todas se alejan por su cuenta y forman una multitud virgen especialmente alegre.

Entre ellas se oye un gran trepidar y taconear, relinchos y buquidos. Se reúnen, apoyan la cabeza sobre los hombros de las demás, olfatean el aire, brincan; y a veces, levantando la cola como una oriflama, con orgullo y coquetería, en un trote largo y medio galope, caracolean frente a sus compañeras.

Destacaba por su hermosura y sus alegres modales impetuosos, entre toda aquella joven muchedumbre, la retozona yegua baya.

Todo lo que ella emprendía, los demás también lo hacían; adondequiera que iba, allí, en su rastro, la seguía también toda la muchedumbre de bellezas.

La traviesa yegua estaba hoy de un humor especialmente juguetón. El espíritu de la travesura la poseía, tal como a veces se apodera de los hombres.

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