—¡Pero claro que sí! Estamos obligados a aceptarlos, y el Gobierno de Distrito se encargará de su venta.
“¿Y se venderán las cosas?”
“La gente se apañará para pagar de algún modo”.
Voy a ver a la mujer que vino a verme por lo de su oveja. Su choza es diminuta, y en el pasillo de afuera está su única oveja, que ha de destinarse a sostener el Presupuesto Imperial. Al verme, ella, una mujer nerviosa, consumida por la penuria y el exceso de trabajo, se pone a hablar con excitación y rapidez, como lo hacen las mujeres campesinas.
«¡Mira cómo vivo! ¡Se están llevando mi última oveja, y yo misma y estos mocosos apenas estamos vivos!». Señala hacia las tarimas y la parte alta del horno, donde están sus hijos. «¡Bajen!… ¡Vamos, no se asusten!… ¡Vaya, cómo se puede mantener uno a sí mismo y a esos mocosos desnudos?».
Los mocosos, casi literalmente desnudos, sin más ropa que unas camisas hechas girones —ni siquiera pantalones—, bajan del horno y rodean a su madre.
El mismo día voy a la Oficina de Distrito para hacer averiguaciones sobre esta forma de exigir impuestos, que es nueva para mí.
El Anciano de Distrito no está. Volverá pronto. En la Oficina varias personas están de pie tras la reja, esperando también para verle.
Les pregunto quiénes son y a qué han venido. Dos de ellos han venido a sacar pasaportes para poder ir a trabajar lejos. Han traído dinero para pagar los pasaportes. Otro ha venido a buscar una copia del fallo del Tribunal de Distrito por el cual se rechaza su solicitud de que la propiedad familiar —donde ha