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nydus/Short FictionPublic
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XV

los días terminaba dirigiéndose al bosque y, al oír el rumor de las voces, deteniéndose tras los arbustos con el corazón encogido para ver si ella estaba allí.

Por qué quería saber si era ella quien estaba allí, no lo sabía. Si hubiera sido ella y hubiera estado sola, no habría ido a su encuentro —o eso creía—, habría huido; pero quería verla.

Una vez la encontró. Mientras él entraba en el bosque, ella salía de él con otras dos mujeres, cargando a la espalda un pesado saco lleno de hierba.

Un poco antes, tal vez la habría encontrado en el bosque. Ahora, con las otras mujeres allí, ella no podía volver con él.

Pero aunque comprendía esta imposibilidad, se quedó un buen rato detrás de un avellano, a riesgo de llamar la atención de las otras mujeres. Por supuesto que ella no regresó, pero él se quedó allí mucho tiempo.

Y, ¡santo cielo!, ¡qué encantadora la hacía aparecer su imaginación! Y esto no solo una vez, sino cinco o seis veces, y cada vez con más intensidad. Nunca le habíado parecido tan atractiva, y nunca había estado él tan completamente en su poder.

Sentía que había perdido el control de sí mismo y que se había vuelto casi un demente. Su rigor consigo mismo no se había debilitado ni un ápice; por el contrario, veía toda la abominación de su deseo y aun de su acción, pues su ida al bosque era una acción. Sabía que solo necesitaba acercarse a ella en cualquier lugar de la oscuridad, y si era posible tocarla, para entregarse a sus sentimientos. Sabía que era solo la vergüenza ante la gente, ante ella y sin duda ante sí mismo lo que lo contenía. Y sabía también que había buscado las condiciones en las que esa vergüenza no fuera evidente —la oscuridad o la cercanía—, en las que fuera sofocada por la pasión animal. Y por lo tanto sabía que era un miserable criminal, y se despreciaba y se odiaba a sí mismo con toda el alma. Se odiaba

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