Después de hablar con Samókhin, Eugène regresó a la casa tan abatido como si hubiera cometido un delito.
- En primer lugar, ella lo había comprendido, creído que él quería verla y deseado lo mismo.
- En segundo lugar, aquella otra mujer, Anna Prókhorova, evidentemente estaba al tanto.
Por encima de todo sentía que estaba vencido, que no era dueño de su propia voluntad, sino que había otra fuerza que lo movía, que se había salvado únicamente por buena fortuna y que, si no hoy, mañana o pasado mañana, perecería de todos modos.
“Sí, perecer”, no lo concebía de otro modo: ser infiel a su joven y amorosa esposa con una campesina en el pueblo, a la vista de todos, ¿qué era sino perecer, perecer por completo, de modo que fuera imposible vivir? No, algo debía hacerse.
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué voy a hacer? ¿Es posible que perezca así?», se decía a sí mismo. «¿No es posible hacer nada? Sin embargo, hay que hacer algo. No pienses en ella», se ordenó. «¡No pienses!», y al instante comenzó a pensar en ella y a verla ante sí, y a ver también la sombra del plátano.
Recordaba haber leído acerca de un ermitaño que, para evitar la tentación que sentía por una mujer sobre la que tenía que poner la mano para curarla, metió la otra mano en un brasero y se quemó los dedos. Se acordó de aquello. «Sí, estoy dispuesto a quemarme los dedos antes que perecer».