De modo que se sentaba junto a la ventana, mirando a la calle más de lo que trabajaba, y siempre que alguien pasaba con botas desconocidas, se inclinaba y miraba hacia arriba para ver no solo los pies, sino también el rostro del transeúnte.
Pasó un portero con botas de fieltro nuevas; luego, un aguador. Al poco rato se acercó a la ventana un viejo soldado del reinado de Nicolás, pala en mano. Martín lo reconoció por las botas, que eran unas viejas y gastadas botas de fieltro, abotinadas con cuero. Al viejo lo llamaban Stepánitch: un comerciante vecino lo tenía en su casa por caridad, y su obligación era ayudar al portero. Este comenzó a despejar la nieve de delante de la ventana de Martín. Martín lo miró y luego continuó con su trabajo.
—Debo estar volviéndome loco con la edad —dijo Martín, riéndose de su ocurrencia—. Stepánitch viene a quitar la nieve, y a mí me da por imaginar que es Cristo quien viene a visitarme. ¡Viejo chocheante que estoy hecho!
Sin embargo, después de dar una docena de puntadas, sintió la tentación de volver a mirar por la ventana.
Vio que Stepánitch había apoyado la pala contra la pared y estaba descansando o intentando entrar en calor. El hombre era viejo y estaba destrozado; evidentemente, no le quedaban suficientes fuerzas ni para quitar la nieve.
—¿Y si lo llamo y le doy un poco de té? —pensó Martín—. El samovar está a punto de hervir.
Metió la lezna en su sitio y se levantó; y poniendo el samovár sobre la mesa, preparó té. Luego golpeó la ventana con los dedos. Stepánitch se dio la vuelta y se acercó a la ventana. Martin le hizo señas para que entrara y fue él mismo a abrir la puerta.