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nydus/Short FictionPublic
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II

Así se quedó, santigüose y postró cuando era necesario, y luchó consigo mismo, cediendo ora a la fría condena y ora a una anulación conscientemente evocada del pensamiento y del sentimiento.

Luego el sacristán, el padre Nicodemo —que era también un gran tropiezo para Sergio, quien involuntariamente le reprochaba el halagar y adular al abad—, se le acercó y, haciendo una reverencia profunda, le rogó que se presentara tras las santas puertas. El padre Sergio se enderezó el manto, se puso el birrete y avanzó con cautela entre la multitud.

“Lise, regarde à droite, c’est lui !”, oyó decir la voz de una mujer.

— ¿Dónde, dónde? No es tan hermoso.

Él sabía que estaban hablando de él. Los oyó y, como siempre en los momentos de tentación, repitió las palabras: «No nos dejes caer en la tentación», y bajando la cabeza y los ojos pasó junto al ambón y entró por la puerta norte, evitando a los canónigos con sotana que en ese momento pasaban junto al iconostasio.

Al entrar en el santuario hizo una reverencia, persignándose como de costumbre y doblando el espinazo ante los iconos. Luego, levantando la cabeza pero sin volverse, miró de reojo al abad, a quien vio de pie junto a otra figura rutilante.

El abad estaba de pie junto a la pared con sus vestes litúrgicas. Habiendo liberado sus cortas y regordetas manos de debajo de la casulla, las había cruzado sobre su gordo cuerpo y su vientre prominente, y mientras jugueteaba con los cordones de sus vestimentas, le decía sonriente algo a un militar con el uniforme de general de la corte imperial, con sus insignias y charreteras que el ojo experto del padre Sergio reconoció de inmediato. Este general había sido el comandante del régimiento en el que había servido Sergio. Ahora ocupaba evidentemente un cargo importante, y el

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