Por entonces creía que la expresión lánguida de sus ojos se debía al enorme esmero que ponía en su arreglo personal. Al menos eso me contaban. En aquel entonces me daba pena, pero ahora lo pienso con repulsión.
Había visto el Potemkin una o dos veces. Este monstruo enorme, grasiento y tuerto era terrible.
Lo que más me impresionaba de él, a pesar de que solía jugar Conmigo y me llamaba Alteza, era el hecho de que nunca parecía tenerle miedo a mi abuela, como los demás, sino que le hablaba con desparpajo en su presencia con su voz ronca y estentórea.
Otro hombre a quien veía frecuentemente en su compañía era Lanskoi. Estaba casi siempre con ella. Toda la Corte revoloteaba a su alrededor y lo agasajaba.
Huelga decir que en aquel entonces yo no comprendía quién era Lanskoi, y me caía bien. Me atraían su cabello rizado, sus bien formadas piernas enfundadas en ajustados calzones de piel de alce, su sonrisa alegre y desenfadada, y los diamantes y joyas que relucían por todo su cuerpo.
Era una época llena de algarabía. Nos llevaron a Tsárskoye Seló, remábamos en el río, nos ocupábamos del jardín, salíamos a pasear y a montar a caballo. Constantino, un muchachito regordete y pelirrojo, un petit Bacchus, como solía llamarlo la abuela, nos entretendría con su alegre diversión. Solía imitar a todo el mundo, incluida Sofía Ivánovna y hasta a la propia abuela. Un acontecimiento de aquel tiempo quedó grabado en mi memoria. Fue la muerte de Sofía Ivánovna Benkendorf. Murió una tarde en Tsárskoye, en presencia de la abuela. Sofía Ivánovna acababa de llevarnos ante ella y estaba