Sus patas parecían desproporcionadamente largas, porque su cuerpo estaba muy emaciado. Sus costillas, aunque también gruesas, estaban tan expuestas y hundidas que el pellejo parecía reseco en los huecos entre ellas.
El lomo y la cruz estaban salpicados de cicatrices viejas, y más atrás aún quedaba una llaga purulenta y de reciente rozadura. El negro muñón de la cola, donde se podían contar las vértebras, sobresalía largo y casi pelado.
En el ijar marrón, cerca de la cola, donde estaba poblado de pelos blancos, había una cicatriz del tamaño de la palma de la mano, que debía de ser de un mordisco. Otra cicatriz se veía en el hombro derecho. Los corvejones de las patas traseras y la cola estaban sucios de excrementos. El pelo de todo el cuerpo, aunque corto, se erizaba.
Pero a pesar de la inmunda vejez a la que había llegado este caballo, cualquiera que lo mirase habría pensado involuntariamente, y un entendido habría dicho de inmediato, que en