“¡Pero ya estoy al límite de mi paciencia con él! Mañana haré que venga Ignát, y su mujer también quería venir”.
—Está bien, ¡que vengan! —dijo el anciano, levantándose y trepándose al horno—. ¿Qué es el dinero? ¡El dinero es escoria!
—Si uno tuviera el dinero, ¿quién se anularía a darlo? —murmuró uno de los dependientes del comerciante, levantando la cabeza.
—¡Ah, dinero, dinero! Es la causa de muchos pecados —respondió Dútlof—. Nada en el mundo es causa de tantos pecados, y las Escrituras también lo dicen.
—Todo está dicho ahí —convino el portero—. Hubo un hombre que me contó cómo un mercader había acumulado un montón de dinero y no quería dejar nada atrás; tanto lo amaba que se lo llevó consigo a la tumba. Al estar muriendo pidió que le enterraran con una pequeña almohada. Nadie sospechó nada, y así se hizo. Entonces los hijos empezaron a buscar el dinero. No se encontró nada. Al fin uno de los hijos adivinó que probablemente los billetes estaban todos en la almohada. El asunto llegó hasta el Zar, y este permitió que se abriera la tumba. ¿Y qué cree usted? No había nada en la almohada, pero el ataúd estaba lleno de sabandijas, y así fue enterrado de nuevo. … ¡Ya ve lo que hace el dinero!
—Es un hecho, causa muchos pecados —dijo Dútlof, y se levantó y se puso a rezar.
Cuando terminó, miró a su sobrino. El muchacho estaba dormido. Dútlof se acercó a él, le aflojó el ceñidor y luego se acostó. Otro de los campesinos salió a dormir con los caballos.