Vasili sentía la mayor admiración por el modo de vida de su amo, que le recordaba a lo que había visto en Moscú; y estaba cada vez más convencido de que lo único que importaba en la vida era el dinero.
Pensó y pensó en cómo hacerse con una gran suma de dinero. Recordó sus antiguos métodos para obtener pequeños beneficios siempre que podía, y llegó a la conclusión de que aquello era completamente erróneo.
Robar de vez en vez no sirve de nada, pensó. Tenía que organizar un plan bien preparado y, tras recabar toda la información que necesitaba, llevar a cabo su propósito de modo que pudiera evitar ser descubierto.
Tras la festividad de la Natividad de la Santísima Virgen María, se cosechó la última tanda de manzanas otoñales; el amo quedó contento con los resultados, le pagó a Vasili y le dio una suma extra como recompensa por su fiel servicio.
Vasili se puso su chaqueta nueva y un sombrero nuevo —ambos eran regalos del hijo de su amo—, pero no emprendió el camino a casa. Odiaba la idea misma de la vulgar vida campesina. Regresó a Moscú en compañía de unos soldados borrachos, que habían sido guardianes en el huerto junto con él. A su llegada allí, resolvió de inmediato, al amparo de la noche, robar en la tienda donde había estado empleado, y donde el dueño lo había golpeado y luego echado sin pagarle. Conocía bien el lugar y sabía dónde estaba guardado el dinero. Así pues, indicó a los soldados que lo ayudaron que vigilaran afuera y, forzando la puerta del patio, entró en la tienda y se llevó todo el dinero que pudo alcanzar. Todo esto se hizo con mucha astucia, y no quedó rastro del robo. El dinero que Vasili había encontrado en la tienda ascendía a 370 rublos. Dio cien rublos a sus cómplices y con el resto partió hacia otra ciudad, donde se entregó al libertinaje en compañía de amigos de ambos sexos. La policía le siguió los pasos y, cuando por fin fue arrestado y encarcelado, apenas le quedaba algo del dinero que había robado.