El ahijado le dijo que deseaba alejarse de la gente y vivir en algún lugar adonde nadie fuera a verlo. Esto sorprendió al bandido.
—¿De qué vas a vivir, si la gente no viene a verte? —preguntó él.
El ahijado ni siquiera había pensado en esto, pero la pregunta del bandido le recordó que la comida sería necesaria.
—De lo que Dios quiera darme —respondió.
El ladrón no dijo nada y se alejó.
—¿Por qué no le dije nada sobre su modo de vida? —pensó el ahijado—. Puede que ahora se arrepienta. Hoy parece estar de mejor humor y no me ha amenazado con matarme. Y le gritó al bandido:
“Aún tienes que arrepentirte de tus pecados. No puedes escapar de Dios.”
El bandido volvió su caballo y, sacando un cuchillo del cinto, amenazó con él al ermitaño. Este se asustó y huyó más adentros en el bosque.
El ladrón no lo siguió, sino que se limitó a gritar:
“¡Dos veces te he dejado ir, viejo, pero la próxima vez que te cruces en mi camino te mataré!”
Dicho esto, se alejó al trote. Por la tarde, cuando el ahijado fue a regar sus troncos, ¡uno de ellos estaba brotando! Un pequeño manzano crecía de él.