En las mismísimas afueras del pueblo, los Dútlof empezaron a alcanzar a un grupo de reclutas. Un grupo de ellos estaba de pie formando un círculo a la puerta de una taberna. Uno de los reclutas, con esa expresión antinatural en el rostro que resulta de llevar rapada la parte delantera de la cabeza, la gorra gris echada hacia atrás, aporreaba con energía una balalaika; otro, con la cabeza descubierta y una botella de vodka en la mano, bailaba dentro del círculo. Ignat se apeó para ajustar los tirantes. Todos los Dútlof miraban al bailarín con curiosidad, aprobación y regocijo. El recluta parecía no ver a nadie, pero sentía que el número de espectadores admirados había aumentado, y esto acrecentaba sus fuerzas y su agilidad. Bailaba con brío. Tenía las cejas fruncidas, el rostro encendido y los labios fijos en una mueca que hacía tiempo había perdido todo sentido. Parecía
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