para que no pudiera labrarla. Pensé que no la araría, pero, con la estupidez que lo caracteriza, vino con su arado y comenzó a hacer un surco. Gemía por el dolor en el estómago, pero siguió arando. Le rompí el arado, pero él se fue a casa, sacó otro y volvió a ponerse a arar. Me metí bajo tierra y agarré las rejas del arado, pero no hubo forma de retenerlas; se apoyó con fuerza en el arado, y la reja estaba afilada y me cortó las manos. Casi ha terminado de arar el campo, solo le queda una franja pequeña. Vengan, hermanos, y ayúdenme; porque si no lo vencemos, todo nuestro trabajo estará perdido. Si el tonto aguanta y sigue trabajando la tierra, sus hermanos jamás pasarán necesidad, pues alimentará a ambos.
El diablillo de Simón el Soldado prometió venir al día siguiente para ayudar, y así se separaron.