Me vuelvo a alojar con mi amigo Chertkóff, en la provincia de Moscú, y lo visito ahora por la misma razón que hizo que una vez nos reuniéramos en el límite de la provincia de Oriol, y que me trajo a la provincia de Moscú hace un año. La razón es que a Chertkóff se le permite vivir en cualquier parte del mundo, excepto en la provincia de Tula. Así que viajo a diferentes extremos de esta para verlo.
Antes de las ocho salgo para mi paseo habitual. Es un día caluroso.
Primero voy por el camino de arcilla dura, pasando junto a los arbustos de acacia que ya se preparan para abrir sus vainas y soltar sus semillas; luego paso junto al campo de centeno que amarillea, con sus acianos todavía frescos y hermosos, y salgo a un campo de barbecho negro, ahora casi completamente arado.
A la derecha, un viejo, con bastas botas de campesino, ará con una sohá y un caballo pobre y flaco; y oigo una voz de viejo irritada que grita: «¡Arre!» y, de vez en cuando, «¡Ahora, demonio!» y de nuevo: «¡Arre, demonio!».
Quiero hablar con él; pero cuando paso junto a su surco, él está en el otro extremo del campo.
Sigo adelante. Hay otro labrador más allá. A este probablemente lo encontraré cuando llegue al camino. Si es así, hablaré con él, si hay oportunidad. Y efectivamente nos encontramos justo cuando él llega al camino.
Ara con un arado de verdad, enjaezado a un gran caballo roano, y es un muchacho joven y bien plantado, bien vestido y con buenas botas; y responde amablemente a mi saludo de «¡Que Dios le ayude!».