Como la conocí a ella y a su marido durante toda su vida en común, y vi el crecimiento y desarrollo de sus hijos desde el momento de su nacimiento hasta el de su matrimonio, he podido completar cualquier omisión de sus memorias con mis propios recuerdos siempre que ha parecido necesario para hacer el relato más claro.
Es el 3 de mayo de 1857, y empiezo un diario nuevo. El viejo abarca un período largo, pero no lo escribí como debía; había demasiada introspección, demasiado sentimentalismo y tonterías —acerca de estar enamorada de Iván Zajárovich—, el deseo de ser famosa, o de entrar en un convento. Acabo de releer bastante de lo lindo, escrito cuando tenía quince o dieciséis años. Pero ahora es muy diferente. Tengo veinte años, y de verdad estoy enamorada y en un estado de éxtasis. No me atormentan los temores sobre si es real, o si esto es lo que el amor verdadero debería ser, o si mi amor es insuficiente; al contrario, temo que esto sea lo auténtico, el destino; que amo mucho, muchísimo más, y no puedo evitar amar, y tengo miedo. Hay algo serio y digno en él —su rostro, el tono de su voz, su palabra alegre— a pesar de que siempre está risueño y animado, y es capaz de darle la vuelta a todo para que resulte elegante, ingenioso y humorístico. Todos se divierten, y yo también; sin embargo, hay algo solemne en ello. Nuestras miradas se cruzan; se hunden profunda, profundamente la una en la otra, y van más y más lejos. Estoy asustada, y veo que él también lo está.
Pero lo relataré todo en orden. Él es hijo de Anna Pávlovna Lutkovski y está emparentado con los Obolenski y los Mikashin; su hermano mayor es aquel Lutkovski que se distinguió en el sitio de Sebastopol, ¡y él mismo, Alekséi, es mío, sí, mío! También estuvo en Sebastopol, pero solo porque no quiso estar a salvo en casa mientras otros hombres morían allí. Está por encima de la ambición. Tras la campaña dejó el ejército e hizo algún tipo de trabajo en Petersburgo; ahora ha venido a nuestra provincia y está en el Comité. Es joven, pero es querido y apreciado.