donde compró un terrenito, empezó a cultivar productos hortícolas y ahora vive cómodamente. Siempre acude a la hora oportuna a cobrar su pensión. Una vez cobrada, va a las salas de juego, apuesta dos o tres francos, a veces gana y a veces pierde, y luego regresa a casa. Vive en paz y holgadamente.
Es una suerte que no cometiera su crimen en un país donde no escatiman gastos para cortarle la cabeza a un hombre, o para mantenerlo en prisión de por vida.