No fue así con Alec y Rina. Como no esperaban nada, se movían entre la gente sentada en grupos, charlando con las mujeres y los niños, cuando de repente todo el mundo se abalanzó hacia el pabellón, al correrse el rumor de que los dulces y las tazas se estaban regalando en contra de lo reglamentado, y antes de que Rina tuviera tiempo de volverse, se vio separada de Alec y arrastrada por la multitud, y el terror se apoderó de ella.
Trató de mantener la calma, pero no pudo evitar gritar pidiendo piedad. Pero no hubo piedad, pues la apretaban cada vez más a su alrededor. Le desgarraron el vestido y también se le cayó el sombrero. No estaba del todo segura, pero creyó que alguien le había arrebatado el reloj y la cadena.
Aunque era una muchacha fuerte y podría haber opuesto resistencia, sentía un miedo mortal por no poder respirar. Desaliñada y maltrecha, se las arregló como pudo para mantenerse en pie.
Pero en el momento en que los cosacos cargaron contra la multitud para dispersarla, Rina perdió la esperanza y, tan pronto como se entregó a la desesperación, sus fuerzas le fallaron y se desmayó. Al caer, no fue consciente de nada más.
Cuando volvió en sí, estaba tendida en la hierba. Un obrero barbudo con un abrigo desgarrado estaba acuclillado a su lado y le rociaba agua en la cara al tiempo que ella abría los ojos; el hombre se santiguó y escupió el agua. Era Emelián.
“¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?”
—Estás en el campo de Jodynka. ¿Quién soy? Soy un hombre, a mí mismo me han aplastado bien, pero los de nuestra calaña podemos aguantar bastante —dijo Emelián.