Primero enviaron al mayordomo para que acondicionara la propia casa del príncipe en el Arbát; después mandaron una caravana con muebles, sirvientes, caballos, carruajes y provisiones. En septiembre, el príncipe con toda su familia viajó en siete carruajes, tirados por sus propios caballos, y tras llegar a Moscú, se instaló en su casa. Parientes, amigos, visitantes de provincia y de San Petersburgo comenzaron a reunirse en Moscú en el mes de septiembre. La vida en Moscú, con sus diversiones, la llegada de su hijo, el debut de sus hijas y el éxito de su hija mayor, Aleksándra, la única rubia entre todas las morenas de los Chernýshev, ocupó y distrajo tanto la atención del príncipe que, a pesar de que aquí en Moscú estaba gastando todo lo que le quedaría tras pagar cuanto debía, se olvidó de su asunto y se molestaba y cansaba cada vez que Ilyá Mitrofánov le hablaba de ello, sin emprender nada para el éxito de su causa.
Iván Mirónovich Baúshkin, el abogado principal de los campesinos, que había dirigido el pleito contra el príncipe con tanto celo en el Senado, que conocía todos los accesos a los secretarios y jefes de departamento, y que había distribuido con tanta habilidad los diez mil rublos, recaudados entre los campesinos, en forma de regalos, puso fin ahora a su propia actividad y regresó a la aldea, donde, con el dinero recaudado para él como recompensa y con lo que le había quedado de los regalos, se compró un bosquecillo a un propietario vecino y construyó allí una choza y un despacho. El caso había terminado en la instancia judicial suprema, y a partir de entonces todo marcharía por sí solo.
Los únicos de los implicados en el asunto que no podían olvidarlo eran los seis campesinos que pasaban su séptimo mes en la cárcel, y sus familias que se habían quedado sin sus cabezas de familia. Pero no había nada que hacer al respecto.