Y así le ocurrió a Polikéi.
Polikéy se casó, y Dios le dio la felicidad. Su esposa, la hija de un pastor, resultó ser una mujer sana, inteligente y trabajadora, que le dio un hermoso hijo tras otro.
Y aunque Polikéy no abandonó su oficio, todo marchaba bien hasta que un buen día la suerte le dio la espalda y lo pillaron. Y fue por una nimiedad: le robó unas riendas a un campesino. Lo descubrieron, lo apalearon, se lo informaron a la propietaria y lo vigilaron. Lo atraparon por segunda y tercera vez.
La gente comenzó a burlarse de él, el administrador lo amenazó con mandarlo al ejército, la propietaria lo regañó y su esposa lloraba y estaba desolada. Todo iba mal. Era un hombre bondadoso; no malvado, sino simplemente débil; aficionado a la bebida, y tan habituado a ella que no podía dejarla.
A veces su mujer le armaba bronca e incluso le pegaba cuando llegaba borracho a casa, y él lloraba diciendo:
«¡Desdichado de mí, qué voy a hacer! ¡Que me maldigan, lo voy a dejar! ¡Nunca más!».
Pasa un mes, y él sale de casa, se emborracha y no se le vuelve a ver en un par de días. Y sus vecinos dicen:
«¡De algún sitio tendrá que sacar el dinero para irse de juerga!».
Su último lío había sido por el reloj de la oficina. Había allí un viejo reloj que llevaba mucho tiempo sin funcionar. Él dio la casualidad de entrar por la puerta abierta completamente solo, y el reloj lo tentó. Lo cogió y se deshezo de él en el pueblo. Para colmo de desgracias, el tendero a quien le vendió el reloj era pariente de uno de los siervos domésticos; y al venir a