su sonrisa débil, lastimosa y beatífica mientras se secaba el sudor del rostro encendido cuando me acerqué al piano. Ya entonces evitaban mirarse mutuamente, y solo en la cena, cuando ella se servía un poco de agua, se miraron con el vestigio de una sonrisa. Ahora recordaba con horror aquella mirada y aquella sonrisa apenas perceptible que había captado entonces. «Sí, todo ha terminado», decía una voz, e inmediatamente la otra voz decía algo completamente distinto. «Algo te pasa, no puede ser que sea así», decía la otra voz. Me resultaba inquietante estar acostado en la oscuridad y encendí una luz, y sentí una especie de terror en aquella pequeña habitación con su papel pintado de amarillo. Encendí un cigarrillo y, como siempre sucede cuando los pensamientos dan vueltas y vueltas en un círculo de contradicciones insolubles, fumé, tomando un cigarrillo tras otro para obnubilarme y no ver aquellas contradicciones.
“No dormí en toda la noche y a las cinco de la mañana, habiendo decidido que no podía continuar en tal estado de tensión, me levanté, desperté al conserje que me atendía y lo envié a buscar caballos. Le envié una nota al Consejo diciendo que me habían llamado a Moscú por asuntos urgentes y pidiendo que uno de los miembros ocupara mi lugar. A las ocho me subí a mi carruaje y partí”.