sus tiempos debió de ser un caballo extraordinariamente hermoso. El entendido habría dicho también que en Rusia solo una raza podía dar unos huesos tan anchos, unas articulaciones tan enormes, unos cascos así, unos huesos de las patas tan finos, un cuello tan arqueado y, sobre todo, un cráneo semejante —ojos grandes, negros y brillantes—, y una red de nervios tan purasangre por la cabeza y el cuello, y una piel y un pelo tan delicados.
En realidad había algo noble en la estampa de este caballo, y en la terrible unión en él de los signos repulsivos de la decrepitud, la mayor variedad de colores de su piel, y sus movimientos, y la expresión de independencia, y la serena conciencia de la belleza y la fuerza.
Como una ruina viviente se erguía en medio del campo cubierto de rocío, solo; mientras no lejos de allí se escuchaban el galope, el relincho, el animado relincho corto, el soplido de la manada dispersa.