no le temo a nada. … ¡La cárcel es mejor para mí que esto! No le temo a la cárcel. … Incluso la deseo a veces”, dijo con tristeza.
—¡Qué lástima que tanta fuerza se desperdicie inútilmente! —dije—. ¡Cómo destruye su propia vida gente como usted!... Bueno, ¿y qué piensa hacer ahora?
—¿Yo? —dijo, mirándome fijamente a la cara.
Al principio, mientras hablábamos de acontecimientos pasados y temas generales, me había respondido con audacia y alegría; pero tan pronto como nuestra conversación se refirió a él en lo personal y advirtió mi simpatía, se volvió, se ocultó los ojos con la manga y noté que la parte posterior de su cabeza temblaba.